Anoche respiré un aire triste. Anoche busqué en la oscuridad el contorno de tu cuerpo, pero mis dedos solo sentían el vacío. No aminoré las ganas y continué tanteando el espacio, aún sabiendo muy en el fondo que era completamente inútil. Mis manos comenzaban a moverse desesperadamente, los ojos cerrados y apretados con fuerza me dolían, pero no quería abrirlos, no quería abrirlos para no enfrentar la realidad. Prefería seguir vagando en mi imaginación, deseaba encontrarte, cruzarme con tu mirada. De pronto mis sentidos se alertaron, un estremecimiento me sacudió todo el cuerpo, el corazón se me paralizó y el alma casi se me escapa… había sentido tu aroma. Y me perfiló, me embriagó solemne y poderoso. Dulce, pero siempre extraño, se filtró por mi piel y danzó en mi perímetro. Era tan real, te sentía tan cerca que olvidé lo que había fuera de esa fantasía. Entonces sonreí y abrí los ojos, sintiendo al instante el peso crudo y tajante de la oscuridad que me rodeaba. Ladeé mi rostro y te busqué por todos lados. Pero no estabas allí. Comprendí que ya no era dueño de mis sueños, que eran solo alegorías y fantasías inútiles en las que me embebía. Comprendí que ya no eras mía y me derrumbé. Las piernas flaquearon, la mente estaba en shock, la respiración se entrecortaba y caí de rodillas. Apreté los puños hasta que los nudillos se tornaron tan blancos como la nieve misma, pero no podía verlos, seguía sumido en un espacio muy oscuro, como la más espesa noche, como si una bandada de enormes cuervos fumigaran el cielo en un vuelo lúgubre y sepulcral. Allí de rodillas en mi solitario mundo, el tiempo pasaba a mi lado, lacerando la piel de mi pecho desnudo. Por dentro una profunda herida comenzaba a sangrar, y el espeso líquido escarlata bañaba mi ser. En ese momento quise cambiar el mundo, pero el mundo es como es. En aquel instante insulté en voz baja al tiempo. Barrí con todo mi poder su incomprensible necesidad de causarme daño, de haber provocado una distancia entre nosotros, de haberte hecho sucumbir a tu propia conciencia, de haberme dejado solo, cuando yo más necesitaba de tu calor. Pude entender entonces que hay caminos incongruentes entre tu vida y la mía, lamento mucho eso. Así, me quedo sin ti, alejándome por un sendero que no quiero tomar. Vuelco al presente lo que siento, el pulso tiembla sutil por el nerviosismo mientras escribo. Me cuesta aceptar que no puedo tenerte, que respiras otro aire. Hoy extraño todo de vos, tu cuerpo, tu boca, tu mirada hechizante, el calor que me dabas con cada abrazo y la necesidad de poder ser yo quien tenga tu sostén y contención. Hoy extraño todo eso y estoy triste, mostrándole al mundo una sonrisa falsa, cuando bajo ese velo despierta una angustia abrumante.
Estuve correcto cuando te dije que no sabía qué iba a ser de mí. No sé como mirarte a los ojos, no sé qué palabras podría decir y mucho menos cuáles querría escuchar para evitar más daño. Me enseñaste tanto en pocos hechos, algo que nunca habría creído posible. Sentí cosas inexplicables, mágicas, fuertes, que me daban fuente de esperanzas, hoy rotas. Puedo relatar con precisa claridad todo lo que viví a tu lado, pero nunca podría si quiera imaginar como olvidarte. Eso no me lo enseñaste, pero no te culpo. Ninguno tiene la culpa de nada, pero sí lamento las circunstancias. Tendré que alejarme, aceptarlo, diluirlo en mis pesares. No lo sé, solo me pregunto, después de ti… ¿qué? Dicen que después de la tormenta la calma siempre llegará, que después de un fruto caído otro nacerá. Después de cada noche llegará el día, y que después de la lluvia el arcoiris siempre saldrá. Después de la vigilia, arriba el sueño y después de la risa, el llanto. Después de ti… ¿qué? Después de ti… ¿qué? Buscaré entonces la respuesta en lo profundo de los misterios de mi corazón, recordaré todas tus palabras y la marca que dejaste increíblemente en mi alma. En lo hondo, la esperanza rota parece regenerarse. Esperaré ese día.